Fernando Broncano empieza La melancolía del ciborg con una talla de madera. En una iglesia del siglo XVI de Ayamonte, un escultor anarquista llamado León Ortega esculpió un Cristo en el momento exacto de la muerte. Los músculos ya se relajan. El cuerpo cae en algo que parece un abrazo cortado por clavos. Broncano lo interpreta como una versión oscura de Pigmalión. Alguien intenta dar vida a un tronco de cedro para que la imagen deje de ser imagen y pase a existir por sí misma. Esta escena inicial introduce la tesis central del libro: la condición humana es la de seres constituidos por la intervención y el trabajo de otros, construidos a partir de elementos y materiales que no elegimos. Así, Broncano plantea que, al igual que Galatea, todos somos producto de una construcción ajena y que nuestra identidad depende de las prótesis, los símbolos y las mediaciones culturales que nos componen.
En la lectura reciente de Luis Carlos Barragán, se advierte una convergencia con Broncano en torno a la figura del ciborg. Ambos desmontan la noción del sujeto moderno y abordan cuerpos que han dejado de ser una unidad cerrada, aunque sus trayectorias divergen de manera significativa. Esta divergencia resulta fundamental para comprender la propuesta de Broncano, quien sostiene que la identidad humana se configura a partir de elementos ajenos y de mediaciones técnicas o culturales. Barragán parte de la carne: su ciborg es un cuerpo parasitado, contaminado e invadido por agentes externos, ya sean insectos, drogas o memorias ajenas. La operación es biológica, a menudo grotesca, como si el cuerpo fuera una morada infestada. La experiencia se asemeja a descubrir hormigas en la comida o a la extrañeza de una fiebre que nos distancia de nuestro propio cuerpo. Broncano, en contraste, parte de la técnica. Su ciborg no es invadido, sino potenciado. Las prótesis que lo constituyen no son intrusos, sino objetos cotidianos: lentes, escritura, vivienda, mapas, lengua. Así, mientras Barragán introduce la infección, Broncano dota de equipamiento. En esta diferencia se revela cómo la constitución del sujeto ciborg depende de los mecanismos, biológicos o técnicos, que lo transforman. Ambos autores diluyen la frontera entre lo humano y lo no humano: uno lo hace desde el interior, impulsado por una biología desbordante; el otro, desde el exterior, mediante la incorporación de artefactos que amplían las posibilidades del cuerpo. Esta condición híbrida se sitúa en el núcleo de la obra de Broncano.
La cuestión que articula esta primera sección del libro es precisa: ¿qué ocurre con un ser constituido por prótesis? La respuesta que ofrece Broncano se aleja del optimismo, en consonancia con la tradición de la filosofía de la técnica.
Es necesario precisar el concepto de prótesis, pues Broncano lo emplea en un sentido más amplio que el habitual. No se refiere únicamente a dispositivos como marcapasos, lentes o articulaciones artificiales. Incluye tanto las prótesis que sustituyen funciones dañadas como aquellas que inauguran funciones inéditas, que no reparan sino que instauran posibilidades antes inexistentes. El vestido, la cocina, los animales domésticos, las instituciones, los rituales, el arte: todos estos son ejemplos de prótesis. Pero son las prótesis culturales las que ocupan un lugar central en su análisis. La lengua, considerada por Broncano como la primera y la más fundamental, da inicio a una transformación radical. Escritura, matemática, música, imágenes cinematográficas y pantallas no solo modificaron nuestra manera de estar en el mundo; también alteraron nuestra manera de ser. Así, para Broncano, el ciborg no es quien porta un implante metálico, sino quien ha aprendido a leer.
Toda prótesis, en sus primeras etapas, produce incomodidad. Broncano recurre a un ejemplo cotidiano: los zapatos nuevos. Generan una sensación de extrañeza, como si una parte del cuerpo dejara de pertenecernos por completo. Esta incomodidad persiste hasta que la prótesis se integra y se convierte en un hábito, en parte del propio cuerpo. Con el tiempo, caminamos sin advertir su presencia. Lo mismo sucede con la escritura, el teléfono o cualquier técnica que, al inicio, irrumpe y luego se naturaliza en nosotros. Sin embargo, esta adaptación implica un costo que no se paga de una sola vez.
En este punto emerge el término que da nombre al libro. Las prótesis, sostiene Broncano, constituyen una forma de exilio: nos desplazan de nuestro lugar de origen y clausuran la posibilidad de retorno. Ilustra esta idea con una escena reconocible: el regreso al pueblo natal tras años de ausencia. Tras los saludos iniciales, se percibe que el lugar ya no nos pertenece. El cine ha cerrado; los rostros de los amigos están marcados por el tiempo; la adolescente amada es ahora una madre irreconocible. No solo ha cambiado el entorno; hemos cambiado nosotros. Las posibilidades adquiridas a lo largo del trayecto nos vuelven incapaces de habitar el mundo que dejamos atrás. El ciborg permanece en su exilio; esa es su condición.
Cabe preguntarse si alguna vez hemos experimentado esa extrañeza, la sensación de no poder habitar un lugar que antes nos era familiar. Quizá al regresar a la casa de la infancia, al cruzar el umbral de una escuela tras muchos años, o al advertir que la lengua materna suena distinta al volver. Son momentos en los que la experiencia, el aprendizaje o incluso un hábito nuevo transforman nuestra percepción del origen y nos sitúan en un exilio íntimo.
De este desarraigo surge la melancolía. Broncano precisa que no se trata de una enfermedad del alma ni de un temperamento triste, sino de una nostalgia por un mundo al que no es posible regresar, porque ya no somos quienes podrían habitarlo. El ciborg reconoce su extrañeza y la melancolía que de ella se deriva. Broncano recurre a una figura distinta de la de Ulises, quien retorna a Ítaca: su ciborg es Moisés, que, tras cruzar el desierto, no puede entrar en la tierra prometida. Prosigue sin patria ni esperanza de recuperar lo perdido.Un sentimiento incómodo en nuestro tiempo. Por eso lo trae al presente. Estamos rodeados de un discurso que promete que la técnica nos hará más libres, más capaces, más felices. Broncano no lo niega. Las prótesis realmente amplían lo que podemos hacer y ser. Pero insiste en que esa ampliación tiene un lado que el entusiasmo tecnológico prefiere no ver. Cada cosa que ganamos nos aleja un poco más de un lugar al que ya no podremos volver. La condición técnica no es solo poder. También es pérdida y saber que se está perdiendo.
Con esta tensión se inicia la lectura. En las próximas sesiones se profundizará en los temas centrales del libro. Broncano transitará de la prótesis a las culturas materiales, examinando cómo los artefactos, en tanto entidades históricas, inciden de manera decisiva en la vida cotidiana. Se abordará también el papel de las imágenes y su capacidad para modelar creencias y construir realidades compartidas. Entre las preguntas que orientarán la discusión figuran: ¿de qué modo los objetos y artefactos no solo nos sirven, sino que también nos transforman? ¿Cómo inciden las imágenes en la identidad y en la percepción del mundo? Todo ello se vincula con lo planteado en las páginas iniciales: somos seres de frontera, constituidos por la mezcla, sin una categoría definida en la que inscribirnos. La cuestión que queda abierta es si esta condición es únicamente una herida o si la melancolía de quien reconoce su carácter construido también puede ser una vía para comprender lo que somos.
¡Nos vemos en el futuro!


