Insectos, parásitos y nuevas formas de vivir juntos
Antes de abrir la primera página de Parásitos perfectos
Bienvenidos a la primera carta de nuestra comunidad de lectores. Cada dos meses leemos juntos un libro. Este bimestre es Parásitos perfectos, de Luis Carlos Barragán, editado por Vestigio en 2021 y reeditado en 2024 por Caja Negra. Antes de comenzar, comparto algunas claves de lectura. No busco resumir ni decir cómo leer. Consideren estas claves como un mapa para entender mejor por qué elegimos este libro, qué preguntas llevar al leerlo y desde dónde propongo abordarlo.
Empiezo con quien escribe. Barragán nació en Bogotá en 1988 y estudió artes plásticas. Antes de este libro, publicó dos novelas: Vagabundo Bogotá (2011), nominada al Premio Rómulo Gallegos, y El gusano (2018). Conviene saber que él también ilustra lo que escribe. Parásitos perfectos incluye sus ilustraciones, numeradas bajo el título como si fueran registros de patentes o planos de aparatos imposibles. Cuando lleguen a una ilustración, les sugiero que se detengan. Esta forma parte del texto tanto como las palabras.
Hay algo más sobre Barragán que vale la pena saber antes de entrar al libro. En un taller que dio en Buenos Aires, en lugar de hablar de teoría literaria, arrancó mostrando fotos de una granadilla, una flor de maracuyá, un brócoli romanesco y un mineral llamado bismuto. Lo que le interesaba era el misterio que hay en sus formas. Eso dice mucho sobre de dónde sale su escritura. Cuando Barragán escribe sobre insectos, parásitos y metamorfosis, está trabajando desde una fascinación genuina por la biología, por las formas que la naturaleza produce y que ya son, por sí mismas, más extrañas que cualquier ficción.
Ahora bien, quiero detenerme un momento para explorar un poco el origen de este libro. Muchos crecimos asociando la ciencia ficción con el norte, con naves y robots traducidos del inglés. Por eso cuesta recordar que América Latina lleva más de un siglo cultivando el género y, además, lo ha hecho desde una posición particular: aquí, el futuro suele llegar tarde, roto o decidido en otra parte. Así, la ciencia ficción de la región aprendió a escribir desde ese lugar. La pregunta que la mueve rara vez es si la máquina nos salvará o nos destruirá; más bien, se trata de quién paga las cuentas del progreso, qué cuerpos quedan fuera, qué ocurre cuando una tecnología pensada en otros lugares aterriza acá. Con esas preguntas, la región ha hablado de sus dictaduras, de la desigualdad, del extractivismo y de las migraciones. Todo eso respira en Parásitos perfectos.
Barragán lo plantea de manera muy clara. Dice que la modernidad que nos prometieron quedó cancelada. El futuro optimista de la ciencia y la tecnología, el de los carros voladores y las casas automatizadas, nunca se cumplió. Lo que vino en su lugar fue un tecnocapitalismo que destruye todo. Frente a eso, la ciencia ficción que le interesa a Barragán ya no se pregunta por cómo será el futuro, sino por cómo buscar sentido en medio del caos. Y lo hace desde lo raro, lo que se transforma al contacto con otra cosa, lo que ya no es enteramente humano. Parásitos perfectos es exactamente eso.
Pienso en una antología que salió en 2021, compilada por el colombiano Rodrigo Bastidas, con un título que me parece afortunado: El tercer mundo después del sol. La idea que la sostiene es que América Latina no espera turno para volverse moderna. Ya es un lugar donde los saberes antiguos, la ciencia, el realismo y la fantasía conviven sin un orden jerárquico. En esa antología apareció, de hecho, una versión temprana de uno de los cuentos que van a leer. Menciono esto porque ilustra un punto sobre Barragán, cuando él escribe sobre insectos y parásitos, no está reciclando un molde importado, sino que está pensando en su país con las herramientas del género.
Colombia tiene aquí un papel que quizá no esperan. En los últimos años se convirtió en uno de los lugares donde la ciencia ficción latinoamericana late con más fuerza. Esto se debe, en buena medida, a editoriales pequeñas que se atrevieron a publicar lo que las grandes dejaban pasar. Por ejemplo, una de las que publican este libro, Vestigio, nació en Bogotá con esa apuesta. Esta editorial recupera una tradición que en el país había quedado arrinconada, vista con algo de desdén. Ahora la lleva a territorios nuevos: lo bizarro, lo extraño, la ficción especulativa. Alrededor de la editorial creció una camada de escritores que se leen entre sí y se empujan mutuamente. Así, cuando leen a Barragán, también se asoman a esa escena. Es una conversación dinámica que ocurre ahora y que, por su cercanía, nos interpela.
El libro es un conjunto de cuentos, no una novela. Eso cambia cómo se lee. Pueden tomarlos de a uno, dejar reposar cada historia, volver. Aun así, algo los enhebra y quizás conviene saberlo. Casi todos los protagonistas comparten la misma situación de partida: están al margen. Son migrantes, ancianos, personas despreciadas por su cuerpo. Es gente que la sociedad dejó de mirar. A casi todos les ocurre una transformación. Se fusionan con un insecto, una máquina, un parásito o con otra identidad humana. Les sugiero que no lean esas metamorfosis solo como horror. En este libro, contagiarse no siempre da miedo. A veces se desea. Ahí está, creo, el corazón de las historias.
Y hay algo más que conecta a todos estos personajes. A pesar de sus monstruosas transformaciones, todos buscan lo mismo: volver a ser reconocidos como personas. La migrante convertida en oruga-metro quiere que su amante la siga viendo. La profesora, fusionada con un carro-insecto, encuentra por primera vez un grupo en el que su apariencia no importa. El cocinero viejo, dentro de un exoesqueleto de cucaracha, descubre una comunidad que lo valora. La palabra “persona” proviene del teatro antiguo y designaba la máscara que permitía que la voz del actor se escuchara. En este libro, las simbiosis parasitarias funcionan de manera similar: le dan voz y visibilidad a quienes la sociedad había silenciado.
También considero que vale la pena detenerse en el título. La palabra parásito carga con siglos de connotación negativa: es quien vive a costa de otro, quien no aporta, el indeseable. Sin embargo, Barragán toma esa palabra y le da la vuelta. Para lograrlo, se apoya en una idea biológica concreta que conviene tener a mano mientras leen. Esta idea surge a comienzos del siglo XX y, posteriormente, con más fuerza, en los años sesenta, cuando la bióloga Lynn Margulis propuso que las células con núcleo, de las que estamos hechos, evolucionaron porque otras células más simples se metieron dentro y se quedaron a vivir. Así, según esa idea, la vida compleja surgió de una alianza entre especies que aprendieron a habitarse mutuamente. El libro arranca con tres epígrafes que enmarcan esta tensión: el primero es de Darwin y la selección natural; el segundo, de Kropotkin, el anarquista ruso que escribió sobre el apoyo mutuo entre las especies; y el tercero proviene de un manual de parasitología que, en pocas palabras, sostiene que la idea de que podemos vivir solos es falsa. Entre esos tres polos se mueve todo lo demás. Léanlos despacio antes de entrar al primer cuento.
Por otro lado, me gustaría mencionar que hay una pensadora que recorre este libro sin ser nombrada explícitamente. Platicarles un poco sobre ella puede servirles de brújula. Donna Haraway, filósofa de la ciencia, escribió que nada se hace a sí mismo; todo se hace con otros. Usa una palabra para eso: simpoiesis, hacer-con. Para explicarlo, Haraway propone pensar las comunidades como un montón de composta: esa pila donde todo se mezcla y se descompone, y de ahí sale vida nueva. Frente a las sociedades humanas que se organizan separando lo limpio de lo contaminado, lo familiar de lo extraño, lo propio de lo invasor, Haraway imagina comunidades armadas precisamente en las zonas de contacto, en las fronteras, donde las especies se enredan. No hace falta que lean a Haraway para entrar al libro. Sin embargo, si llevan esa idea, las transformaciones de los personajes empiezan a leerse de manera distinta: ya no parecen castigos ni repulsivos, sino como entradas a una nueva comunidad.
Por último, déjenme sugerirles, sin dar spoilers, en qué fijarse en algunos cuentos. El primer cuento del libro, “No es un metro, pero es algo”, transcurre en una Bogotá dividida en sectores numerados tras una catástrofe, aunque el texto nunca llega a nombrarla por completo. Después, el sistema de transporte público está a cargo de unas orugas gigantes y aquí quienes se convierten en esas orugas son justamente los desplazados y los migrantes. Fíjense en la transición de la protagonista: cómo insiste en ser útil y en aportar su granito de arena. Esa frase dice mucho sobre qué clase de dignidad le ofrece y qué le niega su nueva forma.
En “Carretera negra”, una profesora maltratada por sus alumnos y por su cuerpo se fusiona con un automóvil, un escarabajo. El tema es el deseo y el poder. La pregunta es: ¿qué hace alguien cuando, al fin, encuentra un sitio donde su apariencia no importa? “Éxodo X” toma otro rumbo. Un estadounidense comienza a transformarse, de un día para otro, en un colombiano negro y debe migrar a otro país. Quizá sea el cuento en el que la crítica al racismo y a las fronteras es más evidente. Además, tiene un humor seco que no conviene pasar por alto.
El cuento que da título al libro, “Parásitos perfectos”, lleva la simbiosis al extremo. Los “bios” son personas que se funden con parásitos y ofrecen su cuerpo a otras especies. El narrador, estudiante de biología, se enamora de uno y queda dividido entre asco y fascinación. Si debiera elegir un cuento para entender el sentido del libro, sería este. “Cucaratoño” cierra el arco con un cocinero viejo a quien el Estado ofrece un exoesqueleto: el de una cucaracha, el animal que siempre odió, como solución al problema de las pensiones. Lean ese cuento pensando en qué significa volver a pertenecer cuando ya nadie te necesita.
Para completar el panorama temático, no todo el libro trata sobre comunidades. Hay un grupo de cuentos que mira hacia adentro, hacia el trauma y la memoria de una sola persona. En “Simbiosis”, alguien busca recuperar recuerdos que una droga le borró. En “Centípode Azul”, un parásito sirve para editar la memoria. En “Túneles”, el narrador intenta recuperar a una pareja que desapareció. Menciono estos porque ofrecen otra puerta de entrada. Si las comunidades parasitarias les resultan demasiado extrañas al principio, quizá estos cuentos más íntimos sean un mejor punto de partida.
Una última cosa antes de soltarles en el libro. Hay una etiqueta asociada a esta obra: New Weird. Es un rótulo que proviene del mundo anglosajón y que, en teoría, describe ficciones en las que se cruzan el horror, la ciencia ficción y la fantasía, sin pertenecer del todo a ninguna de ellas. El propio Barragán ha contado que, cuando empezó a publicar, alguien le dijo que lo que escribía era New Weird y que él no sabía qué significaba. Le parece irónico que lo clasifiquen en una categoría que ni sus propios defensores logran definir con precisión. La académica Claire Mercier, que ha estudiado su obra en detalle, también cuestiona la utilidad del término. Barragán prefiere pensarlo de otra manera: como algo emparentado con lo queer, una categoría que existe para no tener que encajar en las categorías existentes. Si entran al libro para confirmar la etiqueta, se van a perder lo más interesante. Lo que Barragán hace es tomar el miedo al contagio y a la mezcla que define al género y convertirlo en deseo, en pertenencia, en una forma distinta de imaginar cómo vivir juntos.
Eso es todo por ahora. Lean a su ritmo. Deténganse en las ilustraciones. Vayan anotando dónde sienten repulsión y dónde, en cambio, sienten algo parecido a la ternura. Anoten también las preguntas que les vayan surgiendo y todo aquello que les interese, les llame la atención o simplemente quieran problematizar. Cuando nos juntemos de nuevo a conversar, esos serán los lugares interesantes a explorar.
¡Nos vemos en el futuro!


